Morder cosas era la manera de poder liberar tensión. Muchas cosas me daban nervios. Algunas cosas me sorprendían por no saber cómo funcionaban y me quedaba contemplando e intentando buscar una lógica hasta que me distraía con algo mejor. Por la misma edad, me ponía a mirar más de quince chanchitos de tierra rodando para salvarse de mí. Terminaba de almorzar y aun recuerdo la brisa del sol que era acompañante de las atrocidades. Una brisa cálida a la piel de un chanchito con menos raciocinio de los que están en las tierras.
La casa, prisionera del pasaje, se ha conservado con sus clásicos arbustos que se encuentran en cada lateral de la reja. En una prisión dentro de otra prisión dentro de una caja de zapatos. ¿Habrán sido más libres? Lo fueron solo para alguien que, sin comprensión de los hechos, lo observaba. Mis ojos circulaban al desliz de mi mano recogiendo tierra, piedritas y hojas para crear la jaula perfecta para los seres más tiernamente posibles. El nervio visual se encuentra satisfecho.
Todos nacieron en entornos rurales, seguramente en la mesa decían “nosotros jugábamos de maneras más bruscas, para que vamos a cuestionar que juegue con ellos”. Aparte las historias, que en el futuro aparecen, suenan irreales para los tiempos del presente: desde un gato que habla, la caída de cuantos árboles queriendo comer frutas para intoxicarse por los gusanos que habitaban en ellas, y de familiares en donde seguramente se salvaron del tétanos para afrontar la enfermedad mortal que cura la intranquilidad: el griterío acompañado de golpes hacía un animal ingenuo que no es capaz de comprender porque le reprochan si solo se encuentra jugando. Ay de aquellos niños que crecieron en esos entornos donde su libertad estaba condicionada de su figura desprotectora. Seguramente cuantas veces intentaron esconderse u omitir la máxima información posible para que no sean castigados, ¿se les habrá olvidado ese temor o su figura? Al final esos niños resultaron ser esos perros muertos de hambres luchando por su sobrevivencia en un hogar maltratado en que cada noche recibe un besito y que descanse. Ese era el mayor almuerzo para afirmar que siempre hubo amor. Tal vez al otro día el niño se encuentra haciendo su rabieta porque no fue capaz de cumplir sus obligaciones, ay de esos niños si hubiesen sabido que no era su culpa haberlas cumplido. Solo eran niños sobreviviendo como chanchitos de tierra. La casa inexistente vivió por las cicatrices que dejaron las huellas de los niños, todos cubiertos de sangre por la herida de la diversión. Los niños viven por las astillas construidas por la figura. Pero de qué sirve atribuirle la culpa al dueño del animal. Ambos cumplen la función prima de la naturaleza: la pérdida de control es la pérdida del ser humano. Los mismos animales piensan más como humanos que los mismos humanos.El vómito es, al final, una forma de limpieza.